Salir antes que el sol
El dueño de la casa de huéspedes me prestó la barca con una condición: devolverla antes de que subiera la marea. Así que a las cinco y media ya estaba en la orilla, con agua, fruta y un sombrero que no me quitaría en todo el día.
Los primeros veinte minutos fueron torpes. Remar en línea recta es más difícil de lo que parece cuando el viento empuja de lado. Después encontré el ritmo: dos paladas largas, una corta para corregir, y mirar siempre un punto fijo en la costa.
A mitad de camino paré en una roca plana a desayunar. No había nadie. Solo cangrejos y una garza que no se fiaba de mí.
«Si el mar está quieto, no hay prisa. Si no está quieto, tampoco.»
El dueño de la barca, al despedirme
La cala sin nombre
La cala aparece de golpe al doblar un saliente: arena blanca, agua de un turquesa que no parece real y una pared de roca que da sombra hasta mediodía. Dejé la barca varada y dormí dos horas.
A la vuelta el viento había cambiado. Tardé el doble. Llegué con las manos rojas, la espalda quemada y la sensación de haber hecho exactamente lo que había venido a hacer.
«Viajar despacio también es aceptar que la vuelta cuesta más que la ida.»
Cuaderno de viaje, día 4
Si vas: pregunta en tu alojamiento, casi todos tienen una barca o conocen a alguien que la tiene. Sal temprano, lleva el doble de agua de la que crees y no te fíes del viento de la tarde.